- Buenos días, ¿me pone un zumo de naranja natural?
El aire que se respiraba en el acogedor café hizo que la joven buscase algún pretexto para sentarse en la más alejada esquina del pequeño local. Las paredes de piedra, de un azul que la chica quiso pensar que era cobalto, estaban vestidas con inspiradoras obras de arte contemporáneo (Daniela laya, pudo leer Sofía en un pequeño cartel junto a la obra firmada por la artista). Las pequeñas mesitas de madera parecía bailar junto a las bancadas que rodeaban la habitación al son del hilo musical que ambientaba la sala, jazz.
El aire que se respiraba en el acogedor café hizo que la joven buscase algún pretexto para sentarse en la más alejada esquina del pequeño local. Las paredes de piedra, de un azul que la chica quiso pensar que era cobalto, estaban vestidas con inspiradoras obras de arte contemporáneo (Daniela laya, pudo leer Sofía en un pequeño cartel junto a la obra firmada por la artista). Las pequeñas mesitas de madera parecía bailar junto a las bancadas que rodeaban la habitación al son del hilo musical que ambientaba la sala, jazz.
- ¿De bote? preguntó, sacando a Sofía de su ensimismamiento, una voz femenina desde el otro lado de la barra.
Sofía giró la cabeza mientras arqueaba sorprendida sus delgadas cejas.
- ¿Natural de bote? Inquirió con sorna el compañero de la camarera intercambiando una mirada de supuesta complicidad con la joven clienta.
- No lo oí. Respondió entre ofendida y divertida por la situación. - Al menos yo no me equivoco de cliente al servir las tostadas.
Mientras esperaba su bebida, Sofía miró a través de los grandes ventanales coronados con sendos arcos de medio punto dibujados por el pétreo azul cobalto que se encontraban frente a la barra; la plaza, salteada de álamos que parecían nacer del mismo suelo adoquinado comenzaba a ostentar el acostumbrado bullicio, jóvenes y mayores paseaban o recorrían a toda prisa "La Alameda" y las bicicletas del servicio público siseaban entre las majestuosas columnas de Hércules. A Sofía se le escapo una media sonrisa cuando volviendo al café descubrió sobre un pequeño poyete junto a uno de los ventanales un viejo parchís y una cajita de madera, probablemente de dominó.
- Uno con setenta. La espumosa bebida anaranjada estaba sobre la barra. Sofía dejó unas monedas en el mostrador casi sin mirar a la otra chica y se dirigió a la mesa que la había llamado desde un principio, se sentó allí, junto a Daniela laya y abriendo su pequeña libreta roja se dispuso a observar como la tinta de su pluma estilográfica comenzaba a recorrer la delgada línea celeste que marcaba el camino a seguir.
